Mi viaje por Peru
El Perú
¿Quién no ha soñado alguna vez en su vida con ir al Machu
Pichu, una de las siete Maravillas del
Mundo Moderno? Si surgen controversias acerca de si alguna de las
catalogadas como tal lo merecen, a ésta, al Machu Pichu, le sobran virtudes
para estar en el Top Ten de las mismas. Ese era mi destino de esos momentos: el
Machu Pichu.
| El gran Machu Pichu |
Pero vayamos por partes, en mi afán de cada año de hacer un
par de viajes distintos, de como yo digo, hacer cosas y no solo verlas, me
había decidido por Perú, me compré una guía de Lonely Planet para planificar el
viaje con la intención de hacerlo en la primavera del 2017. Me acompañaba Juan Manuel Morales, un amigo
de Fuerteventura con el que ya había hecho algún que otro viaje, nuestra
convivencia de veinte días estaba a prueba de malos rollos. Adelante pues.
El primer problema al que te enfrentras cuando viajas a Perú
es tener que decidir dónde ir, y es que el país es grande, muy grande. Dos
veces y media España. Me decidí por lo más destacable según la guía. Eso sí, a
mi bola
Y es que yo trato de, cuando visito un lugar, no solo mirarlo
sino también verlo, a mi entender hay unas cuantas diferencias. Una cosa es
viajar con un operador turístico y que te solucione la llegada, el alojamiento,
la comida, la estancia y de ese modo tu actividad consiste en llegar a la
ciudad, al monumento y al restaurante previsto para, una vez cumplido el trámite
de las fotos, abandonar la ciudad hasta el nuevo destino y vuelta a empezar. No,
no es esa mi forma de viajar, yo solo llevo el billete de ida y el de vuelta,
lo demás es cosa mía, me toca ocuparme de la logística y lo que para otros es
un problema, para mí una bendita incomodidad que me va a obligar a tratar con
taxistas, hoteles, autobuses… con los que hablar, regatear, reír, incluso
discutir, todo ello mientras le vas tomando el pulso a la situación, al entorno
que te rodea.
| En Miraflores (Lima) |
Con esa guisa y actitud nos planteábamos estar veintitantos
días en Perú.
Ahora con la perspectiva del tiempo, lo que nos ocurrió nada más
empezar el viaje da risa, pero en aquel momento dio por saco y es que Juan
Manuel se despistó y cogió el pasaporte de su mujer y no el suyo. La cara de
tonto que se te queda cuando en el mostrador de embarque te piden el pasaporte
y ves que no es el tuyo no tiene descripción posible. No sabes dónde meterte,
las circunstancias no daban para chistes, aunque la ocasión lo mereciera y más
cuando apenas una hora antes aún estaba abierta la comisaria del aeropuerto que
le habría solucionado el problema. Pero no, eran las doce de la noche y no
había solución posible. Había que esperar al día siguiente para, con un
pasaporte nuevo, poder embarcarse. Yo iba por delante -no iba a pagar los 300
euros que le costó el despiste a Juan Manuel- le esperaría en Lima con algunos
deberes ya hechos en cuanto a logística y sitios a visitar.
Esa es otra, a veces se prepara tanto el viaje, que cuando
llegas a destino muchas cosas ya las has visualizado y el impacto al verlas es
menor. Hay que -a mi entender- planificar lo justo y dejar que las cosas
sucedan y tengan oportunidad de sorprenderte cuando te llegan.
La mínima planificación prevista era ir a Lima, de ahí a
Arequipa estar allí un par de días para luego saltar hasta el lago Titicaca y
más tarde a Cuzco, de ahí al Machu Pichu y más tarde volver a Lima, estar otro
par de días y a España. Teníamos tiempo de sobra y no nos importaba quedarnos
sin ver algo si donde estuviéramos era suficientemente interesante como para
quedarse más tiempo.
Tras doce horas de vuelo aparecí en Lima la mañana del 21 de
abril del 2017, compartí un taxi con un andaluz que tenía una beca de la Junta
de Andalucía para investigar en temas relacionados con el Archivo de Indias.
Dos horas después habíamos recorrido los pocos kilómetros que lo separan del
centro de Lima, es para que te vayas haciendo una idea del tráfico de la
ciudad. El caos es brutal, los semáforos están de adorno, los guardias de
trafico hacen bien en apartarse para no ser atropellados.
Cumple con creces el denominador común del tráfico de las
ciudades emergentes, aquí se supera, la sobrepoblación de Lima y el crecimiento
brutal del número de vehículos sin planificación algunas de las calles hacen
que, hacen que, hacen que…. se tarden dos horas para hacer quince kilómetros.
| La variedad de productos es infinita |
Llevaba un par de alojamientos apuntados sacados de La guía
de Lonely Planet, pero en el camino el taxista me convenció para ir a otro
sitio que estaba en el mismo centro y era igual de caro -apenas quince euros al
día- y aunque todo el mundo sabe que los taxistas te llevan al sitio donde
reciben comisión, no me importó que se llevara un par de euros del
establecimiento. A mí me vino muy bien. Le mandaría un WhatsApp a Juan Manuel
para que al día siguiente también le llevaran allí.
Hechos los tramites, copia del pasaporte, regatear con el
dueño recordándole que estaríamos allí unos días tanto ahora como al finalizar
el viaje, dejar la mochila… y sabiendo que tenía un día entero solo en el que
deambular Lima, me senté en una terraza -ahora si- con un café y me puse a montar una ruta por
la ciudad.
Unos años antes, en el 2005, había estado en Lima en un tema
de ayuda humanitaria cuando un terremoto desoló la zona de Pisco, Chincha y Paracas
y se llevaron, por parte de Prolibertas, Ong con la que colaboraba, unas
tiendas de campaña y otro tipo de enseres tratando de paliar lo allí ocurrido. Pero
el recuerdo que tenía de Lima -solo estuve un día- no se parecía en nada con lo
que vi doce años después. La Lima que
ahora se me habría ante los ojos, bien es verdad que era la turística, era
ordenada, limpia, con encanto muy agradable de pasear.
Los barrios por excelencia son Miraflores, Barranco y San Isidro
que están pegados entre sí y asomándose al mar mientras que Lima Centro queda
un poco alejado. Si el centro de la ciudad en su día acogía a lo más granado de
la vida limeña hoy ya no, mantiene –como no- lo que son las sedes administrativas
de la ciudad, pero la vida social, la vida comercial, el deambular de las
gentes por las calles sin un rumbo fijo, con la sola intención de ver y ser
vistos se ha trasladado al parque Kennedy y la plaza Ovalo, en pleno centro de
Miraflores.
Pues nada, a hacer lo mismo que los limeños ociosos, a
deambular por las calles. Fue en ese paseo cuando me percaté de cuanto había
cambiado la ciudad, en cada calle había varios edificios en obras, creciendo a
buen ritmo, de quince o veinte plantas. Se veía la ciudad viva. Cuando veinte
días regresamos a la ciudad, constatamos cuanto habían crecido los edificios en
los que nos habíamos fijado, la ciudad estaba creciendo y deprisa.
Los turistas que viajan a Perú pasan de largo por Lima, no se
quedan, es solo un trampolín para ir a Cuzco y tantos otros sitios y sin
embargo pasearse por el acantilado al que se asoma la ciudad con más de
doscientos metros de altura merece la pena, es un paseo de unos kilómetros que
han sabido aprovechar. Se suceden una serie de parques, de pequeños espacios
para los abuelos y para los niños pulcramente cuidados que te invitan a pasear
por ellos, en las tres o cuatro veces que pasé por ahí solo o en compañía de Juan
Manuel siempre había gente haciendo todo tipo de actividades, desde aprendices
de saltimbanquis a gente corriendo o usando los artilugios que en modo de
gimnasio al aire libre había en algunos lugares.
| El parque de los enamorados |
Miraflores estaba siempre activo, alegre, vivaracho.
Yo camino mucho, es como creo que hay que ver una ciudad, así
que, ando que te ando me fui al barrio de Barranco donde comí en el sitio que
vi más concurrido, mientras esperaba y mirando la guía me di cuenta de que
estaba en uno de los restaurantes destacados de Lima. Allí había gente guapa
que se dice ahora, los limeños de bien se dejaban ver por allí y se saludaban
entre ellos como reconociéndose entre los agraciados, entre los privilegiados
de Perú. Los precios eran europeos y eso sí, la comida era buena, muy buena. Me
comí lo que el camarero quiso, eligió por mí. Y acertó, vaya que si acertó. No sé
qué comí, pero sí que estaba muy rico. El restaurante se llama Isolina
| Recordando a Gaudi |
Lo de la comida en Perú merece punto y aparte. Es uno de los países más interesantes
gastronómicamente hablando, el ingrediente usado en su cocina es infinita, en
algún lugar he leído que tienen catalogadas más de mil patatas, de las que
trescientas están en uso en los distintos guisos, quiere esto decir que si se
va a cocinar lentejas usan un tipo de patata y si van a echar al puchero judías
echan otro y así hasta el infinito.
Hoy por hoy es un destino turístico gastronómico de primer
orden mundial, no se trata de grandes chefs y afamados restaurantes, en cualquier
bochinche de cualquier esquina, la calidad de lo ofrecido es enorme. Desde el más
humilde puesto callejero hasta los restaurantes de postín, en todos ellos se
come bien. La diferencia de precio estará en la presentación, el servicio o el
lujo del lugar, pero si hablamos de lo estrictamente culinario, cualquier sitio
es aconsejable. Nosotros comimos más, como supones, en bochinches callejeros
que en finos restaurantes, pero un par de buenos homenajes sí que nos dimos.
| Uno de tantos postres |
No se trata aquí de enumerar el nombre de cada plato, no los entendíamos
aunque estuvieran en español, para eso están las guías gastronómicas, yo desde
aquí solo puedo quitarme el sombrero ante tan variada y rica gastronomía. Nos
presentábamos como españoles y pedíamos que eligieran por nosotros, nunca nos
defraudaron. Desde el cuy (una especie de cobaya o rata grande), hasta el ceviche
por nombrar solo un par de platos, todo, absolutamente todo cuanto comimos,
estaba riquísimo.
Es tal la importancia de la gastronomía que existen rutas
turísticas de restaurantes, pagas un dinero y pasas por tres o cuatro de ellos
probando las especialidades de cada uno. Tenía buena pinta, pero no tuvimos
tiempo.
Un día después de hacerlo yo llegó Juan Manuel, hice de guía
para con él pasando por los sitios que a mí más me habían gustado el día
anterior y con las mismas nos cogimos un avión para ir a Arequipa. Empezaba el
viaje propiamente dicho.
Arequipa.-
Decir que es la segunda ciudad del país y que cuenta con casi
un millón de habitantes, de ella había leído que era una ciudad colonial muy
bonita y qué no había que perdérsela si ibas a Perú. Las guías, si bien la
ponderan positivamente, se quedan cortas cuando la describen. Es preciosa y por
más que la pasees no te cansas de la sobredosis de edificios coloniales que te
ofrece.
Nos instalamos en lo que había sido una casa señorial tiempo
atrás y ahora reconducida a hotel medianamente digno. Lo hicimos por poco
dinero y es que, a primeros de mayo, época de poco turismo, todo es más barato
y se puede regatear. Molaba estar a apenas unas cuadras de los lugares más
paseables de la ciudad y hospedados en un edificio con pasado relumbrón.
| La Plaza de Armas |
Arequipa una de las llamadas ciudades coloniales y como casi
todas ellas blanca, pero ésta no está encalada, enjalbegada. Ésta es blanca
porque está construida con piedras blancas extraídas de las minas volcánicas de
la zona. Pasear entre sus calles es una delicia, las cuadras, las manzanas de
las calles son largas, profundas y es que en cada manzana apenas hay dos casas
o mejor dicho caserones que en su día encerraban entre sus muros a los
propietarios, los sirvientes, los animales y todo tipo de carruajes que
entonces eran necesarios.
Hoy muchas de esas casas, partiendo de lo que en su momento
era el patio central de la misma, se han transformado en hoteles, restaurantes
para todos los bolsillos, así como agencias de viajes o tiendas turísticas.
Según paseas por sus calles la vista se deleita con sus
palacetes, sus iglesias, sus casonas hasta que de pronto se te abre la boca al
llegar a la majestuosa Plaza de Armas.
Grande, imponente, animada, vistosa y afortunadamente cerrada
al tráfico rodado. De los cuatro perfectos costados, tres, lo forman
impresionantes balconadas, el cuarto es para la magnífica catedral, el tamaño podéis
imaginarlo, la pena es que estamos en zona sísmica y de cuando en cuando le
atizan unas sacudidas de las que tarda decenas de años en recuperarse.
| La Catedral |
Tratar de referir cada una de las iglesias que la ciudad
tiene en sus calles sería un error, para eso están las guías, lo que éstas no recogen
son el ambiente que flota en el aire. La calle Mercaderes, la San Francisco en
donde estábamos alojados y todas cuantas rodean a la Plaza de Armas rezumaban
un halo agradable que hacían sentirte sencillamente bien.
Pero si hay algún sitio donde hay que pararse más de lo
normal es el Monasterio de Santa Catalina. En realidad, es una ciudad dentro de
la ciudad y tiene la friolera de 20.000 metros cuadrados siendo uno de los
edificios religiosos más fascinantes de toda Latinoamérica.
Está allí desde el
1580.
Hay que situarse en aquella época para entender de qué iba
aquello. Por supuesto no había ninguna opción de entrar en aquel monasterio si
no poseías una buena dote que entregar al propio convento. Eran lo que ahora llamamos
familias bien quienes, si no encontraban para las hijas un marido concordante
con su alcurnia, las mandaban derechitas a un convento, pero no cualquiera,
debía ser de primera clase y éste lo era.
Al monasterio de Santa Catalina venían de todas partes de lo
que entonces era el imperio español en América.
Las novicias entraban muy jóvenes y pasaban cuatro años durante los
cuales habían de pagar una importante cantidad de dinero.
Pasados estos años ingresaban definitivamente en la vida
religiosa si bien, antes de graduarse, podían las familias echarse atrás y hacer que sus hijas volvieran
a la vida civil, cosa que ocurría si le habían encontrado marido adecuado, por el contrario si
permanecían en el convento, pasaban a
tener celda propia, y digo propia por cuanto ellas mismas -sus familias-
costeaban sus alimentos e incluso podían tener a su servicio una doncella y disponiendo, en sus aposentos, de cocina
propia y salón donde recibir, claro que
estos privilegios eran solo para
unas pocas provenientes de familias con tanto dinero como pedigrí. Se podía
decir, que era un aparcadero de “señoritas bien” sin marido y que dadas las
condiciones sociales de la época no podían permanecer solteras sin más.
| Interior del convento |
Lo relatado era evidentemente para una minoría, la otra gran
parte cumplían con los cánones habituales de un convento de clausura y es que
una vez pasado el noviciado la mayoría de las religiosas acataban un solemne
voto de silencio y su vida transcurría entre medita que medita y ora que te
ora.
Es muy interesante su visita y además obligada.
Los dos días que pasamos en la ciudad nos da tiempo para
disfrutar de sus infinitas comidas, nos comemos un “rocoto” (pimiento rojo relleno
de carne picante picada), un “lomo saltado” (tiras de ternera salteada con cebolla,
tomate, patata y guindilla), el “chupe” una sopa de camarones…
Desde Arequipa se pueden hacer montón de excursiones, subir a
cualquiera de los montes que la rodean, el Misti con sus 5822 metros de altura
y que técnicamente es muy fácil de subir, o el Chachani a 6075 metros más
complicado que el anterior, el Mismi con 5597 metros… Son excursiones de dos o
tres días y entre tantas opciones nos inclinamos por pasar tres días
recorriendo el Cañón del Colca
Cañón del Colca
Preguntamos por el tour del Colca en una agencia de las
docenas que hay por la ciudad y como más o menos nos dicen lo mismo, decidimos
hacerlo con la que hay en el propio hostal donde estamos alojados por cuanto
nos están tratando muy bien y se ganaran una pequeña comisión según nos
confiesan.
Nos recogen a las 7 de la mañana, somos un grupo de seis y
tras dos horas de camino llegamos a Chivay, donde tomamos un refrigerio, y nos
vamos a la Cruz del Cóndor.
Nos esperan decenas de cóndores que a eso de las diez de la
mañana se pasean majestuosamente sobre nuestras cabezas. Parecen que posan para
ser fotografiados. Se quedan casi parados sin apenas batir las alas
aprovechando las corrientes térmicas ascendentes. Es impresionante ver volar
unos metros por encima de tu cabeza a los pájaros más grandes del mundo,
teniendo al fondo la cima del Mismi con sus 5597 metros y a tus pies el Cañón
del Colca.
La mayoría de los tours se da la vuelta aquí, en la Cruz del
Cóndor, pero no puedes decir que has visitado el Colca si no bajas hasta el
fondo del valle. Es lo que hacemos nosotros, media hora después estamos bajando
por el segundo cañón más profundo del mundo, dos veces más hondo que el
americano Cañón del Colorado.
Son mil doscientos metros los que bajamos por una senda evidentemente
empinada. Nos espera abajo una vegetación exuberante, apenas gente y más
autenticidad. Llegamos a San Juan del Chucho con un ligero dolor de rodillas de
tanto retener el paso, pero se compensa con los helechos y palmeras gigantes,
algunos tipos de orquídeas silvestres… que nos salen al paso. Aquí dormiremos
en una más que humilde pensión, en compañía de insectos de varios tamaños, no
es para tanto al fin y al cabo estamos en su casa. Advertidos estáis, las
comodidades son mínimas.
En el camino coincidimos con una pareja de murcianos que
están pasando sus vacaciones por Perú, se enfadan muchísimo al saber que
nosotros hemos pagado unos 50 euros cada uno por la excursión que incluye el
alojamiento, las tres comidas y el guía común mientras que ellos desde España
lo habían contratado por unos 150 euros. Y es que es mucho más barato contratar
allí in situ, que desde España. Lo volvería a comprobar en la contratación del
Machu Pichu.
El siguiente día es muy agradable, caminamos unas seis horas por el fondo del valle, con el rio al lado y con pequeños campos labrados cuyos frutos van destinados a la comida de los pocos turistas que por allí pasamos o a la subsistencia. Tenemos premio al llegar a destino en forma de una piscina natural, aprovechando el agua del rio en uno de los remansos que se forman. No salimos de la piscina hasta que el sol se esconde y empieza a hacer frio. Son cuatro los grupos de bungalows muy básicos los que hay allí montados con capacidad para unas cuarenta personas. A la hora de cenar comprobamos cómo aquello se parece a Babel, no hay menos de diez nacionalidades.
El siguiente día es muy agradable, caminamos unas seis horas por el fondo del valle, con el rio al lado y con pequeños campos labrados cuyos frutos van destinados a la comida de los pocos turistas que por allí pasamos o a la subsistencia. Tenemos premio al llegar a destino en forma de una piscina natural, aprovechando el agua del rio en uno de los remansos que se forman. No salimos de la piscina hasta que el sol se esconde y empieza a hacer frio. Son cuatro los grupos de bungalows muy básicos los que hay allí montados con capacidad para unas cuarenta personas. A la hora de cenar comprobamos cómo aquello se parece a Babel, no hay menos de diez nacionalidades.
Los mil doscientos metros que bajamos dos días atrás ahora
hay que subirlos, así que a las cinco y media de la mañana todos los que ayer
dormimos en Sangalle, que es como se llama aquel oasis, empezamos a subirlos
con los frontales en la cabeza. Media subida la hacemos de noche por un sendero
empinadísimo de apenas 4 km. Yo lo hago en hora y media lo que no está nada
mal, pero me quedo con la boca abierta al saber que un marine americano recién
llegado de una misión por Afganistán, de origen hispano lo había hecho en 48
minutos.
| En Cabanoconde |
Desayunamos en Cabanaconde mientras llegan unos buses que nos
llevaran otra vez a Arequipa. Es un
pequeño pueblo de unos dos mil habitantes donde me paso un rato divertidísimo
en una tienda-taberna en la que hay cuatro parroquianos a los que invito a una
cerveza y se desatan contando tonterías e historietas típicas del abuelo
cebolleta. Una de las mujeres allí presentes, joven, aunque ajada, aprovecha la
ocasión distendida y cada vez que tiene ocasión le arrea un pescozón a uno de
ellos. Fue divertido.
Aun nos espera un momento entretenido en las aguas termales
antes de llegar a Arequipa. Aunque básicas en sus instalaciones nos va bien
para pasar la mañana y es un muy buen sustituto de las duchas que no nos damos.
De vuelta a Arequipa aun nos da tiempo para echar un último
vistazo por la ciudad y comer en uno de tantos puestos callejeros. A la mañana siguiente
nos vamos a Puno a la vera del lago Titicaca. Como todo se regatea, el precio
del bus también. Nada más entrar en la estación de buses nos atosigan
vendedores de billetes como si de un mercadillo de tela se tratara. Regateamos
y conseguimos un precio tres veces más barato de lo que dicen las taquillas,
mientras estamos pagando, en la ventanilla de al lado, de la misma compañía,
unos franceses pagaban el precio oficial, ni se habían planteado lo de
regatear. Son unas seis horas de bus entretenidas mirando por las ventanillas
las que se pasan hasta llegar a Puno. Tenemos intención de pasar otros tres
días por la zona.
Puno. -
Estamos a 3800 metros de altitud y hace frio y con la humedad
que genera el lago Titicaca de la que es ribereña, la sensación es de más frio
que el que marca el termómetro. Es la población de referencia de la zona y
cuenta con ciento cuarenta mil habitantes repartidos por aquellos alrededores.
Los visitantes nos movemos por la zona céntrica y por las calles de alrededor
de la plaza, pero no tiene ni de lejos el encanto de Arequipa, se va allí
porque es desde allí desde donde se parte a las excursiones a las islas
flotantes de los Uros.
El paseo por la ciudad no nos dice nada así que decidimos
hacer la excursión de un día y marcharnos. Es decir, dormiremos dos noches. Nos
da tiempo eso sí, a ver como un chico ha preparado en medio de una plaza una
sorpresa para su exnovia. Con la ayuda de unos amigos le había montado un
corazón grande, de flores en el suelo donde le iba a pedir perdón y que
volviera con él. El señuelo para que pasara por allí, era una amiga que la
llamaría y la hiciera llegar para encontrase con la sorpresa. Curioseamos y nos
enteramos que la chica le había dejado por malos tratos y no pensaba perdonarle
y advertida por otra amiga común no pensaba ir. El ridículo del pretendiente fue
enorme. Eso si las coreografías que tenían preparadas para la ocasión eran
bonitas.
Islas Uros
Contratamos una excursión de un día que nos lleva por una de
tantas islas flotantes que hay relativamente cerca de la orilla. Son las
llamadas islas Uros.
Resulta que entre tanta reyerta entre tribus indígenas siglos
atrás, ésta, la de los Uros, fue empujada de la zona por los más belicosas
Collas o Incas acabando, lago adentro, construyendo sus propias islas donde
solo había agua, viviendo de la pesca y relacionándose lo más mínimo con la
gente fuera del lago iniciando su peculiar forma de vida.
| Sobre una isla flotante |
La construcción no parece muy complicada. Es como una balsa
gigante hecha de juncos de totora, una planta fuerte que crece fácilmente por
la zona. Van entretejiendo unos juncos con otros hasta hacer un mullido colchón
y que renuevan echando una nueva capa sobre el suelo según se va pudriendo la
parte más en contacto con el agua. El piso sobre el que se pisa es de unos
cuatro metros de profundidad y aunque tiene una estabilidad más que notable, se
nota al caminar un cierto bamboleo propio de la flotabilidad de la isla, aunque
no supone inseguridad ninguna.
La isla más visitada es como un piso piloto, está para enseñar,
pero nos dice el guía que en realidad no vive nadie. Por la mañana un par de
familias madrugan más que los turistas, van a la isla y la preparan para los distintos
tours que llegaran durante el día y después de haberse ido el ultimo turista lo
hacen ellos. Es normal, las comunidades de indígenas que allí viven se han ido
acomodando a las formas de vida de tierra firme por lo que prefieren vivir a
media hora en barco de sus antiguas moradas.
| Una de tantas casas en las islas flotantes |
La isla que visitamos y las que vimos al pasar, son
pintorescas a la vista y muy fotografiables. Llegas a una de ellas después de
haber pagado una pequeña cuantía por entrar, allí te reciben con los canticos
correspondientes y las galanterías propias de quienes saben se están jugando
una propina. El tour nos lleva también por un muy agradable paseo por entre
algunas de estas islas que entran en el juego turístico.
No todas las islas de los Uros están abiertas al turismo, es
más, hay muchas que no lo reciben con agrado y las tienen cerradas al mismo,
están más lejos de Puno y siguen viviendo a su bola, sin casi relación alguna
con sus vecinos de tierra firme.
Una hora después te alejas de allí después de haberle dado
siete vueltas al poco más de medio campo de futbol que mide la isla y de haber
pasado por cada una de las cabañas donde tratan de venderte la misma artesanía.
La siguiente isla que visitamos es Taquile. Ésta no flota, es
más seria. Quiero decir que lleva miles de años habitada y cuenta con unas dos
mil personas viviendo en ella. Aunque viven de la agricultura y de la pesca
también van abriendo sus puertas al turismo. Visten de un modo peculiar, no es
que se vistan para el turista que por allí pase, es que visten así, ellos con
unos gorros de lana y que según sea de un color u otro nos dicen si es casado o
no, ellas con faldas de varias capas y blusas bordadas que están muy bien
consideradas artesanalmente.
Hemos llegado a la plaza después de subir una escalera de más
de quinientos peldaños que ellos se suben, con sacos a cuestas, parece sin
esfuerzo según veíamos lo ligero que iban. Comemos y deambulamos un par de
horas por aquella isla sin carretera alguna antes de que casi anocheciendo nos
subamos al barco que nos lleva de regreso a Puno.
No es agradable el viaje de vuelta a pesar de ver a lo lejos como se pierde la isla en el horizonte y es que, al caer el sol, hace frio y además se pone a llover, lluvia que cuando pisamos tierra es un aguacero que nos cala hasta los huesos.
No es agradable el viaje de vuelta a pesar de ver a lo lejos como se pierde la isla en el horizonte y es que, al caer el sol, hace frio y además se pone a llover, lluvia que cuando pisamos tierra es un aguacero que nos cala hasta los huesos.
Llegamos al hotel donde la noche anterior a pesar de tener
trescientas mantas encima pasamos más frio que un perrillo, nos duchamos y
salimos a la calle con el fin de calentarnos un poco en un restaurante a la vez
que cenamos.
Puno no nos ha gustado salvo la curiosidad de las islas
flotantes y haber navegado por el mítico lago Titicaca. Leo en las guías que
llevo conmigo que es considerada la capital del folclore peruano y que el hecho
de ser ciudad fronteriza con Bolivia y entrada principal al lago es animada y
bulliciosa, no sé, nosotros no le hemos cogido la gracia. Decidimos marcharnos
a la mañana siguiente con destino Cuzco.
Las islas son un paseo obligado si vas a Puno.
Cuzco. -
Tras ocho horas de bus llegamos a Cuzco y si hablamos de
Cuzco es hablar de palabras mayores.
Nos alojamos en el hostal Margarita a apenas unos minutos de
la Plaza de Armas. Es el punto de partida para mil y una posible excursión y
como no, del mítico Machu Pichu, pero de eso ha hablaré más adelante.
Enseguida te enamoras de la ciudad, sus cuatrocientos mil
habitantes se desparraman por los alrededores mientras que el núcleo central se
llena de un rico valor patrimonial en forma de catedrales, templos incas,
conventos con siglos de antigüedad, callejuelas adoquinadas, innumerables
tiendas de todo tipo o restaurantes para todos los bolsillos. Hoy lo que fue la
capital del imperio Inca es, entre otras cosas, la capital arqueológica
indiscutible de América.
Si en Arequipa muchas de sus casas eran casonas aquí, en
Cuzco, son palacetes. A pesar de haber sufrido terremotos con asiduidad
conservan un patrimonio cultural que se abre paso a tus pies según deambulas
sus calles.
Su ubicación se debe a que el dios del Sol, Inti, mando
buscar al rey un sitio donde pudiera hundir su vara de oro en el suelo. Manco
Capac, el rey, fue capaz de hundirla aquí, en lo que llegaría a ser la capital
del mayor imperio de América. Ocurría esto allá por el siglo XII de nuestra
era, más tarde fue otro rey, Pachacutec quien le dio la famosa forma de puma,
animal sagrado de los incas, desviando los ríos que la cruzaban a la vez que la
llenaba de templos. Estamos en lo que para los Incas era el ombligo del mundo.
| Iglesia de los Jesuitas |
Estamos a finales de abril y no hace frio, aunque los 3.300
metros de altitud hacen que en cuanto se esconde el sol, no venga mal una
pequeña prenda de abrigo, no te cansas de pasear por el Barrio San Blas, tras
subir por una pequeña, aunque empinada cuesta, por la avenida El Sol donde estábamos hospedados o cruzar veinte
veces la fantástica y siempre animada Plaza de Armas, la plaza Regocijo o el
callejón Procuradores… Vayas por donde vayas, al menos el primer día, te vas
asombrando de cuanto ves.
La plaza de Armas está flanqueada por la imponente catedral
con sus escalinatas de acceso y a su lado, la no menos importante iglesia de la
compañía de Jesús. Al parecer tiempo atrás fue más grande puesto que comprendía
la colindante plaza de Regocijo, los otros lados se completan con unas
perfectas balconadas. Vimos fotos de la plaza sacudida por el ultimo terremoto
que aconteció en 1950 y cómo la dejó. Pero la verdad es que Cuzco está una zona
sísmica y por tanto bajo la amenaza constante de los terremotos y de cuando en
cuando algún edificio histórico cae al suelo, aunque nada que ver con el que hubo
en 1650 y que al parecer tiró buena parte de ellos al suelo.
| Las piedras asombrosamente encajadas y sin argamasa |
Me levanté un día temprano para ir, a la que me dijeron, era
la misa más importante en la catedral. Allí que me planté, la verdad es que no
fue tan interesante como yo esperaba, aunque eso me permitió una vez acabada la
misa, ver todos los cuadros y retablos que colgaban de sus paredes sin pagar la
entrada que habría pagado sino me hubiera tragado la misa. Y es que como decía aquél
el arte bien vale una misa.
Pues no fue una misa sino dos las que me tragué, porque
repetí la misma acción días después en la no menos imponente iglesia de la
compañía de Jesús también en la Plaza de Armas. Es de 1571 aunque el mencionado
terremoto de 1650 la tiró al suelo y hubo que hacerla prácticamente de cero.
Hay una anécdota y es que cuando la estaban reconstruyendo
los jesuitas querían que fuera la más alta, la más lujosa, la más suntuosa lo
que despertó los celos del arzobispo de la vecina catedra, el lío llegó a tal
punto que el mismísimo Papa tuvo que intervenir y lo hizo diciendo que de
ningún modo podía eclipsar a la catedral, pero para cuando llego la respuesta
ya estaba acabada, con un altar que pasa por ser el más grande de todo Perú y
una fachada barroca impresionante. Gracias a la demora en las comunicaciones de
aquella época ahora hay dos templos fascinantes en la misma plaza, aunque el
hecho de que la catedral esté en la parte alta de la plaza la hace más
imponente, pero por bonita, la iglesia de los jesuitas es más bonita.
Entre las cosas que con más orgullo enseñan es un supuesto
cuadro genealógico de San Francisco que ocupa toda una pared y dicen ser el más
grande de toda Sudamérica. A mí lo que más me impresiono fue la cripta donde
yacen los huesos de los franciscanos y gentes de bien que se hacían enterrar en
el convento.
También aquí hay clases, algunos huesos se exponen cual reliquias en lujosas urnas mientras que otros se amontonan como bien pueden. Otros se han colocado en forma circular para mostrar el ciclo circular de la vida desde el nacimiento hasta la muerte. Tampoco pasa desapercibido el coro de cedro sobre la catedral. Como digo, escapó al terremoto de 1650 y todo el mobiliario allí existente, así como los cuadros, algunos frescos pintados en la pared, llevan allí la friolera de cuatrocientos años.
También aquí hay clases, algunos huesos se exponen cual reliquias en lujosas urnas mientras que otros se amontonan como bien pueden. Otros se han colocado en forma circular para mostrar el ciclo circular de la vida desde el nacimiento hasta la muerte. Tampoco pasa desapercibido el coro de cedro sobre la catedral. Como digo, escapó al terremoto de 1650 y todo el mobiliario allí existente, así como los cuadros, algunos frescos pintados en la pared, llevan allí la friolera de cuatrocientos años.
| Un puesto callejero |
Es hora de marcharse de Cuzco. Si después de haberte comido una sopa deliciosa de dios sabe qué, en el impagable mercado de San Pedro en un banco corrido con otros tantos comensales te tomas un buen café en cualquiera de los balcones que dan a la Plaza de Armas estás muy cerquita del paraíso.
Mientras se pone el sol.
Nos vamos al Machu Pichu. Como hay un montón de agencias que
te ofrecen excursiones, escuchamos a un par de ellas para al final coger la que
hay debajo del hotel ya que habíamos negociado a un buen precio la habitación
para cuando volviéramos cuatro días después.
Santa Teresa. -
Hay dos maneras de llegar al Machu Pichu, la decisión es tuya
y de tu bolsillo, puedes ir en tren hasta Aguas Calientes también conocida como
Machu Pichu pueblo como los señores y pagando un pastizal, o bien caminando al
lado de la vía de ese mismo tren, tres o cuatro horas hasta llegar a Aguas
Calientes. Nosotros contratamos el tour Inca Jungle.
Nos recogieron a las siete de la mañana y nos fuimos hasta
Abra Málaga donde nos subimos a unas bicicletas e hicimos unos sesenta
kilómetros por una carretera en continuo descenso en la que casi no tenías que
dar pedales y por la que no pasaban apenas coches, como no tienes que estar
pendiente de la bici, solo tienes que recrearte viendo las montañas ante tus
ojos. Después, un bus nos llevó a Santa
Rosa donde comimos y dormiríamos, pero antes, nos marcamos un descenso en
rafting por el majestuoso rio Urubamba. Son tres horas. Conocimos a unos
argentinos con los que pasamos el resto del tour, eran unos vacilones y mejoró
la opinión que tenía yo de sus paisanos, dormíamos juntos, comíamos juntos y no
paramos de reír.
A la mañana siguiente nos espera una preciosa caminata por la
selva de unas ocho horas que no tenía desperdicio. Pasamos por distintas
haciendas de indígenas que cuidaban sus cultivos sin descuidar a los turistas
que se dejaban algún dinerillo comprando sus productos. Yo compré chocolate
después de ver como lo empacaban con rudimentaria maquinaria. A nuestro paso,
abstenerse quien tenga problemas de vértigo, se ofrecían impresionantes caídas
hasta el sagrado Urubamba, la diminuta senda te ofrecía pequeños campos de
coca, de café, de cacao y un sinfín de flores desconocidas para mi entre bambús
y helechos gigantes. No tuvo desperdicio
el día.
| Plantacion de marihuana |
Llegamos a Santa Teresa a dormir. Nos da tiempo a pasear por
las calles. Hay verbena con motivo de la proximidad de la fiesta de las cruces
del tres de mayo y que celebran mucho en la zona. Es divertido ver bailar a las
gentes, con sus ceremoniosas formas de hacerlo: el varón invita al baile y
acabado éste, deja a la bailadora en el sitio del que la habían levantado para
bailar para poco después volver a invitarla a la pista y vuelta a empezar.
Claro que esto solo ocurre con las gentes mayores, los
jóvenes se organizan de otro modo. Nos vamos a dormir.
Nos levantamos y aún tenemos dentro del tour un paseo por
tirolina. Después de desayunar, nos calzamos unos arneses para cruzar el rio
Urubamba colgado de la tirolina. Son tres o cuatro idas y venidas sobre el
mismo para acabar pasándolo sobre un puente colgante a una altura de unos
setenta metros según nos dicen. Yo he cruzado muchos ríos por puentes
colgantes, pero esto es otra cosa. Es largo, casi unos doscientos metros de
longitud y en la pasarela por la que andas apenas cabe un pie y se bambolea más
de lo que a ti te gustaría. Es posible que te relajes y pasados los primeros
momentos puedas mirar abajo, a los lados, al propio rio disfrutando de la
ocasión, pero no fueron pocos los que andados diez metros y viendo lo que les
esperaba se volvían atrás.

Pasado el susto del rio llegamos a la estación
hidroeléctrica, un referente en la subida al Machu Pichu. Todo el mundo pasa
por aquí salvo que vaya en tren. Una vez comidos nos esperan otros deliciosos
diez km por la vereda que va en paralelo a la vía del tren viendo a lo lejos las
paredes del Machu Pichu. La caminata te conduce entre montañas sagradas
forradas de exuberante vegetación, son diez km en los que te regodeas
saboreando cada paso y sonríes para tus adentros tomando conciencia de donde
estás, de saber que mañana llegarás a uno de los sitios más espectaculares del
mundo. Es emocionante.
Llegamos a Aguas Calientes, también llamada Machu Pichu
pueblo. Hoy es un paso inevitable para ascender al mítico monte, todo el mundo
hace noche allí, por lo que es una sucesión de hoteles y restaurantes de todo
tipo. Tenemos suerte y como es el día tres de mayo –día de las cruces en el
mundo católico- hay celebraciones religiosas a su modo. Espectaculares.
Más que una procesión religiosa parece una parranda de
amigos, pero eso es solo al principio cuando pasan por unos cuantos bares
reuniéndose unos y otros para coger ánimo para lo que más tarde sucede. Cada uno de los integrantes va vestido para
la ocasión con faldones multicolores y aparatosos vestidos. Además, la mayoría
de ellos van con una máscara que les tapa totalmente la cara y que los hace
irreconocibles. Llevan, además, una especie de fusta, un vergajo colgando que
más tarde utilizaran con saña contra los ahora compañeros de juerga. Es imposible saber quién se esconde detrás de
la máscara.
A la hora prevista van a por el Cristo crucificado al que
sacan de la iglesia haciéndolo bailar hasta casi caer en medio de un frenético
jolgorio y trepidante música de lo que se encargan los músicos que les siguen.
| Machu Pichu pueblo |
La bebida, las ropas, las máscaras, la música, todo, todo
cuanto los procesionarios llevan tiene su razón de ser y es que tal procesión tiene
por motivo, expiar los pecados de los participantes, para lo cual se dejan
golpear por su vecino de parranda al que no conocen, a la vez que ellos hacen
lo mismo con otros. Gracias al anonimato otorgado por la careta que cubre sus rostros
golpean sin piedad sin que ello suponga una reacción del golpeado contra el
golpeador. A su vez, el golpeado hace lo mismo con otro componente y así
sucesivamente.
El resultado era que todos golpean y son golpeados. Es la penitencia que deben pagar por los pecados acumulados a lo largo del año.
El resultado era que todos golpean y son golpeados. Es la penitencia que deben pagar por los pecados acumulados a lo largo del año.
Nos vamos a dormir, mañana nos vamos al Machu Pichu.
Machu Pichu. -
Llegó el gran día, nos levantamos a las cinco de la mañana
para estar en Puente Ruinas de donde parte el acceso a las escaleras que nos
llevara a la meseta donde se alza nuestro objetivo. Nos toca esperar un poco
más hasta que el acceso se abre por fin y empezamos la empinada y definitiva
cuesta. Se necesita una hora si estás en forma para llegar hasta arriba. La
alternativa es coger un bus por doce dólares de ida y otro tanto de vuelta,
pero no tiene mérito. Hago mías las
palabras de Unamuno en su cuento las tribulaciones de Susin al decir eso de
“qué hermoso es llegar a puerto empapado en agua de tempestad”. Hay que sufrir
un poco para luego saborear el premio, además la subida, aunque dura, sigue
haciéndose por laderas llenas de vegetación.
Es muy temprano, afortunadamente no hay mucha gente. Después
de pagar la entrada nos encontramos de bruces con la postal que tantas veces
hemos visto en televisión, en el cine, en los documentales, en los posters de
las agencias de viaje, pero no es lo mismo, tus ojos quieren abarcarlo todo en
un momento, sin respirar. No, así no es,
es mejor sentarse y poco a poco en pequeñas dosis ir viendo cada rincón, cada
esquina y procesar en tu interior, suavemente, despacio, lo que tienes ante tus
ojos, moverse a otro sitio y repetir el proceso. El simbolismo del lugar, la
pureza del mismo y su magnificencia traspasan tu piel reconfortándote en lo más
íntimo. Se está bien allí.
Hay mucho escrito acerca de lo que representa, acerca de si
los conquistadores llegaron a conocerlo o, si habiéndolo hecho, lo desdeñaron
al no encontrar el oro que buscaban, de si solo era un lugar al que únicamente
los sacerdotes tenían acceso para sus ritos y oráculos, incluso otras, más
rocambolescas, hablan de si acaso fuera un lugar de comunicación con seres
interplanetarios, etc.
Salvo algunos pastores que sabían de la existencia de unas ruinas a las que no daban importancia, nadie sabía la ciudad hasta 1911, cuando el estadounidense Hiram Bingham con ayuda de un pastor de la zona lo descubrió para el resto de la humanidad. Varios años después se desenterró y aún hoy, no hay acuerdo acerca de cuál fue la razón de construir aquí, en un entorno tan abrupto, una ciudad de esas características.
En lo que sí se han puesto de acuerdo los expertos es, en que fue un centro ceremonial de primer orden dado el esmero con el que están construidas sus dependencias.
Salvo algunos pastores que sabían de la existencia de unas ruinas a las que no daban importancia, nadie sabía la ciudad hasta 1911, cuando el estadounidense Hiram Bingham con ayuda de un pastor de la zona lo descubrió para el resto de la humanidad. Varios años después se desenterró y aún hoy, no hay acuerdo acerca de cuál fue la razón de construir aquí, en un entorno tan abrupto, una ciudad de esas características.
En lo que sí se han puesto de acuerdo los expertos es, en que fue un centro ceremonial de primer orden dado el esmero con el que están construidas sus dependencias.
El Templo del Sol, La Roca Funeraria, La Plaza Sagrada, El
Templo de las Tres Ventanas, La Sacristía, La Plaza Central… son lugares dentro
del complejo que se convierten en un regalo para los ojos, bajo la mirada del
Cerro Machu Pichu y de la majestuosa Wayne Pichu que rodean al complejo mismo.
Hay gente que media hora después de haber pasado por la
entrada salen con las fotos en el bolsillo. Nosotros lo hacemos tres horas más
tarde. Bajamos por el mismo camino que subimos, dando tiempo a interiorizar lo
visto, lo experimentado. Me llevo la sensación de haber sido por un momento,
parte de una emoción, de una ilusión, de la historia, parte del todo que es la
cultura, en definitiva, parte de la vida.
Esa misma tarde desandamos la carretera paralela a la vía
férrea y en un bus del tour y tras algún contratiempo llegamos a Cuzco ya metidos
en la noche.
El tour Inca Jungle ha cumplido con veces con nuestras
expectativas.
Todo va sobre ruedas, no hemos tenido ningún percance por lo
que los plazos previstos se van cumpliendo como un reloj suizo. Aún nos quedan
cinco días por Perú por lo que decidimos dejar dos para Lima al regreso y
gastar el resto en Cuzco y su zona.
El Valle Sagrado lo conforman los pueblos ribereños del rio
Urubamba. Ollantaytambo, por el que pasamos sin bajarnos del bus y que invitaba
a quedarse, el de Yucay, el de Urubamba, el de Calca… pero no podemos verlos
todos, ni su sinfín de ruinas arqueológicas con sus pequeñas y encantadoras
plazas coloniales. Para todo ello se necesita más tiempo del que teníamos.
Para lo que sí nos queda un poco de tiempo es para visitar Pisac,
uno más del Valle Sagrado y que celebra un mercado cada domingo. Nos lleva un
bus que, tras media hora, nos deja a la entrada del pequeño pueblo. Apenas
podemos ver cómo es arquitectónicamente por cuanto todas las calles están
forradas de tenderetes con un sinfín de productos para vender. Es agradable y
nos perdemos por sus calles a la vez que regateamos por algo que nos gusta
hasta que al final picamos con un par de cosas. Estamos ya en tiempo de ir
comprando algo que llevarnos.
De vuelta, damos un último paseo por la increíble ciudad que
es Cuzco sintiendo tener que marcharnos y con la sensación de que muy
posiblemente volvamos en el futuro.
Dos días fueron los que pasamos paseando por Lima esperando
el momento del regreso. Lo habíamos pensado así y aprovechar para hacer unas
compras que yo al menos, tenía en la cabeza. No fueron pocas las cosas que de
allí trajimos en forma de recuerdos y es que la artesanía peruana es muy
considerable y los diseños se alejaban mucho de los estereotipos que yo llevaba
en la cabeza.
Nos veníamos de Perú con un regusto muy agradable, cuantas
comidas hicimos, cuantas ciudades vimos, cuantos lagos, montañas, valles,
termas, barrancos, pequeñas aldeas, sendas atravesando selvas… todo, todo nos
resultó fascinante, altamente recomendable.
Cuando más tarde hablé de Perú a quienes me quisieron
escuchar y habían estado por allí, me dijeron que si bien cuanto decía era
cierto, aun me quedaba mucho por descubrir. Que si bien lo visto, era lo más visitado
había otros tantos lugares que nos aguardaban para el próximo viaje y no tenían
nada que envidiar a lo visto por mí.
Me quito el sombrero ante Perú
Lillo
06-01-2019
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